Juan Luis Pons Rubio

Juan Luis Pons Rubio

Doctor en Biología, Técnico y Dinamizador de Medio Ambiente

02 Sep 2026 | Asociación | 0 Comentarios

Ángela M. González Tapia: El avistamiento de cetáceos puede ser una herramienta fantástica de educación ambiental y sensibilización, pero debe realizarse de una manera responsable.

Ángela M. González Tapia: El avistamiento de cetáceos puede ser una herramienta fantástica de educación ambiental y sensibilización, pero debe realizarse de una manera responsable.

Bióloga, Máster en Neurociencia. Miembro del equipo de investigación en CIRCE (Conservation, Information and Research on Cetaceans) | España

Bióloga especializada en investigación y conservación de cetáceos, con experiencia de campo en el Estrecho de Gibraltar, el Golfo de Cádiz, el Mar de Alborán y el Mediterráneo occidental.

Actualmente forma parte del equipo de investigación de la Asociación CIRCE (de conservación, investigación y estudio sobre cetáceos), desde donde contribuye a proyectos de monitorización y conservación a largo plazo centrados en la ecología de la megafauna marina y las interacciones entre humanos y fauna silvestre.

Su trabajo combina investigación de campo, técnicas de laboratorio y análisis de datos ecológicos. Participa en campañas oceanográficas e investigación que incluyen fotoidentificación de cetáceos, toma de muestras mediante biopsia remota, marcaje satelital y seguimiento por telemetría, así como monitorización acústica pasiva (MAP).

También participa en la recolección y el procesamiento de muestras biológicas utilizadas en estudios genéticos, tróficos y de contaminantes. Su formación incluye capacitación en técnicas de biología molecular, como la extracción de ADN y la PCR, así como experiencia en análisis estadístico y modelado ecológico básico aplicado a estudios de poblaciones marinas.

Le interesa particularmente comprender el comportamiento de los cetáceos, la dinámica poblacional y las interacciones entre humanos y vida silvestre en los ecosistemas marinos, y contribuir a estrategias de conservación y gestión basadas en la ciencia.

Le apasiona la investigación de campo y la ciencia colaborativa orientada a mejorar la conservación de la megafauna marina.

Trabajas actualmente en la Asociación CIRCE participando en proyectos de investigación sobre megafauna marina. ¿En qué consiste tu trabajo diario y cuáles son las principales líneas de investigación en las que participas?

Actualmente trabajo en CIRCE (Conservación, Información y Estudio sobre Cetáceos), una asociación dedicada a la investigación y conservación del medio marino, especialmente de cetáceos como delfines, ballenas, calderones y orcas.

Nuestro trabajo busca conocer mejor estas poblaciones: cuántos animales hay, dónde se encuentran, cómo utilizan distintas zonas, cómo se desplazan, cómo evolucionan a lo largo del tiempo y qué amenazas pueden afectarles. Toda esa información es fundamental para poder proponer medidas de conservación basadas en datos científicos.

Mi día a día combina trabajo de campo, análisis de datos y redacción científica. Durante las campañas salimos al mar para localizar cetáceos, registrar los avistamientos, estudiar su comportamiento y obtener fotografías que nos permitan identificar a los animales individualmente. Muchas especies presentan marcas naturales en las aletas dorsales, como muescas, cicatrices o diferencias en su forma, que funcionan de una manera parecida a una huella dactilar.

Después, en tierra, analizamos miles de fotografías, identificamos a esos individuos y comprobamos cuándo y dónde han sido observados anteriormente. Una parte fundamental de nuestro trabajo consiste precisamente en mantener y ampliar estas bases de datos durante muchos años. No estudiamos únicamente lo que ocurre en una campaña concreta, sino que cada nueva observación se incorpora a un seguimiento histórico de las poblaciones.

Esto nos permite comparar lo que ocurre año tras año y analizar, por ejemplo, si una población aumenta o disminuye, cuántos animales sobreviven, si aparecen nuevos individuos, si regresan a las mismas zonas o si cambian sus patrones de distribución.

Actualmente participo principalmente en proyectos de seguimiento de cetáceos en el Estrecho de Gibraltar y el Golfo de Cádiz, trabajando especialmente con especies como el delfín mular, el calderón común y la orca, aunque durante las campañas registramos y estudiamos también muchas otras especies de megafauna marina.

Has desarrollado investigaciones en el Estrecho de Gibraltar, el Golfo de Cádiz, el Mar de Alborán y el Mediterráneo occidental. ¿Qué hace que estas zonas sean tan importantes para la conservación de los cetáceos?

Son zonas especialmente importantes porque se encuentran en un punto de conexión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo y presentan unas condiciones oceanográficas muy particulares.

El Estrecho de Gibraltar, por ejemplo, es un espacio relativamente pequeño que conecta dos grandes masas de agua y en el que se producen fuertes corrientes y procesos de mezcla. Todo ello favorece una elevada productividad y hace que sea una zona muy importante para la alimentación y el desplazamiento de diferentes especies.

Además, para algunas poblaciones no se trata simplemente de un lugar de paso. Hay animales que utilizan estas zonas de manera habitual durante muchos años y muestran una gran fidelidad a determinadas áreas. Por eso, conocer qué lugares utilizan, en qué momentos y para qué actividades es esencial para poder protegerlos adecuadamente.

Al mismo tiempo, son regiones sometidas a una presión humana muy elevada. El tráfico marítimo, la pesca, el turismo, la contaminación y otras actividades se concentran en áreas que también son esenciales para los cetáceos. Esa coincidencia entre una gran riqueza biológica y una fuerte actividad humana hace que sean zonas prioritarias para la investigación y la conservación.

Desde tu experiencia, ¿cuáles son actualmente las principales amenazas que afrontan las poblaciones de cetáceos en nuestras costas?

Los cetáceos se enfrentan a numerosas amenazas y, además, muchas de ellas actúan al mismo tiempo.

Entre las principales se encuentran las interacciones con determinadas actividades pesqueras, las capturas accidentales y los enmallamientos, las colisiones con embarcaciones, el ruido submarino, la contaminación química y por plásticos, la degradación de sus hábitats y los efectos del cambio climático sobre la disponibilidad y distribución de sus presas.

Es importante tener en cuenta que no todas las especies ni todas las poblaciones responden de la misma manera. Una población pequeña o muy localizada puede ser especialmente vulnerable incluso a un número reducido de mortalidades o a cambios relativamente pequeños en su hábitat.

Por eso es tan importante mantener el seguimiento durante muchos años. Un avistamiento aislado nos aporta información, pero es al comparar los datos acumulados año tras año cuando podemos detectar si una población está aumentando o disminuyendo, si cambia su supervivencia, si utiliza otras zonas o si alguna amenaza puede estar teniendo un efecto real sobre ella.

Ese seguimiento a largo plazo es el que permite pasar de simplemente observar animales a entender realmente qué está ocurriendo con una población y qué medidas de conservación pueden ser necesarias.

El turismo marino, especialmente el avistamiento de cetáceos, continúa creciendo en muchos destinos. ¿Qué buenas prácticas deberían seguir tanto las empresas como los visitantes para minimizar los impactos sobre estos animales?

El avistamiento de cetáceos puede ser una herramienta fantástica de educación ambiental y sensibilización, pero debe realizarse de una manera responsable.

Las empresas deben respetar siempre la normativa y los códigos de conducta existentes: mantener distancias adecuadas, aproximarse de manera progresiva, evitar cambios bruscos de velocidad o dirección, no perseguir a los animales ni cortar su trayectoria y limitar el tiempo de permanencia con un mismo grupo.

También es especialmente importante reducir la presión cuando hay crías, cuando los animales están descansando o cuando ya existen varias embarcaciones alrededor del mismo grupo.

Más allá de cumplir unas distancias concretas, creo que es fundamental que los patrones y las tripulaciones sepan interpretar el comportamiento de los animales. Si un grupo cambia repetidamente de dirección, aumenta la velocidad o trata de alejarse de las embarcaciones, debemos entender que nuestra presencia puede estar interfiriendo en su comportamiento.

Como visitantes también podemos contribuir eligiendo empresas responsables y entendiendo que estamos observando animales salvajes. El objetivo no debería ser acercarnos lo máximo posible o conseguir una fotografía perfecta. Una buena observación también significa respetar que los animales decidan alejarse, sumergirse o simplemente no interactuar con nosotros.

Desde tu perspectiva como bióloga, ¿qué papel desempeña la educación ambiental para fomentar un turismo más respetuoso con los ecosistemas marinos?

La educación ambiental desempeña un papel fundamental porque es muy difícil proteger aquello que no conocemos o no comprendemos.

Una persona puede subir a un barco pensando simplemente en ver un delfín o una ballena y volver a tierra entendiendo cómo funciona ese ecosistema, qué importancia tiene esa especie, qué amenazas afronta y por qué existen unas normas determinadas para observarla.

Ese cambio de percepción es precisamente uno de los mayores valores que puede tener el turismo de naturaleza cuando se realiza correctamente.

También creo que la educación ambiental ayuda a cambiar la manera en la que vemos a los cetáceos. No son una atracción turística ni están ahí para ofrecernos un espectáculo. Son animales salvajes que forman parte de un ecosistema complejo y cuyo bienestar debe estar siempre por encima de conseguir una fotografía, acercarnos más o prolongar una observación.

Si una experiencia de turismo marino consigue que una persona vuelva a casa entendiendo mejor el océano y sintiendo una mayor responsabilidad hacia su conservación, entonces esa actividad ha conseguido algo mucho más importante que simplemente mostrarle un animal.

Si tuvieras la oportunidad de trasladar un único mensaje a quienes disfrutan del mar durante sus vacaciones, ¿cuál sería para contribuir a la protección de la biodiversidad marina?

Que disfruten muchísimo del mar, pero recordando siempre que cuando entramos en él estamos entrando en el hogar de miles de especies.

Muchas veces pensamos que nuestras acciones individuales tienen poca importancia, pero pequeños gestos repetidos por miles de personas pueden generar un impacto enorme. No dejar residuos, reducir el uso de plásticos, respetar a la fauna, no perseguir ni alimentar animales, mantener las distancias adecuadas y elegir actividades turísticas responsables son acciones sencillas que realmente pueden marcar la diferencia.

Sobre todo, creo que debemos dejar de pensar en el mar como un recurso infinito. Es un ecosistema extraordinariamente rico, pero también vulnerable, y conservarlo depende en gran medida de cómo decidamos relacionarnos con él.

¿Qué es para Ángela M. González Tapia el turismo sostenible?

Para mí, el turismo sostenible es aquel que nos permite conocer y disfrutar de un lugar sin comprometer aquello que precisamente hemos ido a conocer.

En el medio marino significa encontrar un equilibrio entre la actividad económica, el disfrute de las personas y la conservación de los ecosistemas. Implica respetar a la fauna, reducir nuestra huella, cumplir unas buenas prácticas y tomar decisiones basadas en el conocimiento científico.

No creo que turismo y conservación tengan que ser conceptos enfrentados. Bien gestionado, el turismo puede generar empleo local, acercar la ciencia a la sociedad y crear una conexión muy importante entre las personas y la naturaleza.

Pero para que sea verdaderamente sostenible, la conservación no puede ser simplemente un complemento o una etiqueta. Tiene que ser el punto de partida y también el límite: podemos disfrutar de la naturaleza siempre que nuestra presencia no comprometa su conservación a largo plazo.

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